
El día en que colocaron a toda su clase al fondo para hacer una foto de todos los alumnos se dio cuenta que para siempre ese momento iba a quedar inmortalizado.
Y así fue como años después se vio reflejada en aquel marco en el que todos los niños de 6 años tenían cara de felices y ella estaba sola en ese rincón de la foto mirando al vacío. Ahí en lo alto de su trono, al lado de la ventana que daba al jardín.
Creo que nunca había visto una mirada tan expresiva, ni tan vacía.
Ella solo deseaba que fuera su madre a recogerla al colegio con comedor donde no le gustaba casi ninguna comida. Y veía como otros niños más valientes tiraban los restos de sus platos por el desagüe pero ella no se atrevia.
Todos podían retirarse de sus pequeños asientos y jugar con los demás niños.
Pero ella se escondía debajo de las mesas y miraba de reojo a aquella chica italiana.
Ya desde pequeña tuvo que intuir algo, pero siempre es un poco tarde.
Es como si fuera hoy, miraba hacía afuera y con una bola de comida en la boca que nunca terminaba. Por fin asomo por la puerta aquella figura que avanzaba a pasos lentos y con pañuelo en la cabeza para resguardarse del frío. Aquella nariz roja por el invierno, pero con sonrisa inigualable en la cara. Era su madre, su salvadora de cada día.
Ahora no tiene salvadora, y sigue con la misma vergüenza, esa que hasta que no pasa el tiempo, y como siempre es demasiado tarde. Dormida en el último asiento del autobús hacía ningún lugar. (En la última fila siempre se ponen los malos)